martes, 11 de mayo de 2010

COMIDA CONTAMINADA

A relación de substancias químicas potencialmente presentes nos alimentos que poden causar cadros de intoxicación no consumidor sería interminable. A industria agroalimentaria desenvolveu un número elevadísimo de produtos co obxectivo de loitar contra as pragas e enfermidades das plantas e animais que, usados a destempo ou a doses inadecuadas, poden deixar residuos nos alimentos. En moitas ocasións, estes residuos demostráronse capaces de provocar efectos negativos sobre os consumidores, actuando de forma aguda ou acumulativa.

As autoridades sanitarias nacionais ou internacionais someten a estes produtos a longos estudos de toxicidade para autorizar unicamente o emprego daqueles que demostren ser inocuos (totalmente ou á certas doses máximas), pero a realidade é que non sempre se cumpren estas limitacións e, ademais, hai casos nos que estudos posteriores á súa autorización achegan novos datos que obrigan á adopción de novas medidas restritivas (prohibición ou redución da dose máxima autorizada).

Con moita menos frecuencia –ó redor do 9% dos casos- débense á presenza de substancias químicas nos alimentos (é dicir, por contaminación abiótica), procedentes da fase de produción do alimento (pesticidas, medicamentos de uso veterinario, metais pesados nalgúns peixes etc.) ou incorporados durante o seu procesamento industrial ou no cociñado (ácido bórico nos crustáceos, doses excesivas de aditivos, alcohol metílico no viño, migración de metais pesados desde os útiles de cociña etc.).

¿Sabes o que comes? Non á comida basura.




Un estudio reciente realizado por científicos de The Scripps Research Institute, en Estados Unidos, ha revelado que los mismos mecanismos moleculares del cerebro que propician la adicción a las drogas se desarrollan cuando se come comida basura.

La investigación, dirigida por el profesor de dicho instituto, Paul J. Kenny, ha establecido, por tanto, que la ingesta compulsiva de comida basura –especialmente adictiva y nociva para la salud- sería extremadamente difícil de parar, del mismo modo que es muy difícil dejar las drogas.

En el estudio, realizado con ratas, se demostró que el desarrollo en estos animales de la obesidad coincidió con un deterioro progresivo del equilibrio químico de los circuitos de recompensa del cerebro.

Tres años de investigación

A su vez, a medida que estos centros de placer del cerebro se hacían cada vez menos sensibles, aumentaron también los hábitos de sobrealimentación compulsiva de las ratas, lo que provocó que los animales estuviesen cada vez más gordos.

Por otra parte, fueron constatados cambios cerebrales similares en los cerebros de ratas a las que, en lugar de comida basura, se les suministraron grandes cantidades de cocaína y de heroína.

Según Kenny, estos resultados, obtenidos en un trabajo de investigación que duró casi tres años, confirman las propiedades adictivas de la comida basura, que es toda aquélla que contiene altos niveles de grasas, sal, condimentos o azúcares, así como numerosos aditivos alimentarios, como el glutamato monosódico (potenciador del sabor) o la tartracina (colorante alimentario).

Además de con la obesidad, este tipo de comida, que tiene poco alimento, suele relacionarse con enfermedades del corazón, la diabetes del tipo II, las caries y la celulitis.

Comida y adicción

El científico afirma que las ratas sometidas a observación a lo largo del tiempo que duró la investigación llegaron a perder completamente el control sobre su comportamiento con la comida, característica principal de las adicciones.

Según publica Eurekalert, en el estudio, los investigadores alimentaron a las ratas imitando los menús que en humanos provocan la obesidad: dietas de muchas calorías y alto contenido en grasas (salchichas, bacon, pasteles de queso, etc.)

Poco después de que el experimento comenzara, los animales empezaron a aumentar de volumen drásticamente. Además, enseguida fueron incapaces de cambiar de dieta, rechazando comidas alternativas que los científicos les ofrecían.

El cambio en sus preferencias fue tan enorme que, básicamente, se mataron a sí mismas de hambre dos semanas después de que se les suspendiera la dieta de comida basura, explican los investigadores.

Aquellos animales que sufrieron mayores cambios en los circuitos de recompensa del cerebro fueron los que más modificaron sus preferencias hacia la comida basura. En estos casos, las ratas resistían incluso el dolor de unos electroshocks que se les suministraron para que asociasen dicha comida con el dolor, y se abstuvieran de comerla.

Kenny explica que lo que ocurre con las adicciones es muy sencillo: las vías de recompensa del cerebro han sido tan sobreestimuladas (por sustancias, en este caso por la comida) que el sistema, básicamente, se adapta a dicha sobreestimulación. Esta adaptación se consigue con una reducción de la actividad del cerebro. Para equilibrar esta reducción, se necesita de nuevo una sobreestimulación similar a la inicial, obtenida con la comida basura.